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_Retrato_de_Francisco_Suarez_Material_gráfico_Mathias_Arteaga_f._..Salamanca_1693.
Portada Suárez_©S.P
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Francisco Suárez a través de las imágenes

LA IMAGEN DE FRANCISCO SUÁREZ

 

1. Introducción: la construcción visual del Doctor Eximio

La imagen de Francisco Suárez, a diferencia de la de otros grandes maestros del Siglo de Oro, no cuenta con un corpus iconográfico abundante, pero sí con un conjunto de retratos de enorme densidad simbólica. La investigación más reciente, La Iconografía de Francisco Suárezencabezada por Susana Pablo en la Revista Recensión (vol. 14, 2025), ha permitido reunir por primera vez la iconografía suareciana en su totalidad y ofrecer una lectura que trasciende la mera catalogación. Estos retratos —forjados en el crisol barroco de la espiritualidad postridentina— cumplen funciones devocionales, propagandísticas y académicas, situando al jesuita granadino dentro del horizonte estético de la hagiografía teológica más que del retrato profano.

2. Retrato, santidad y propaganda

El estudio de Susana Pablo muestra que los retratos de Suárez se inscriben en el modelo visual promovido por la Contrarreforma, donde la vera effigies se concibe como prueba de santidad y como vehículo de gracia. La autora explica que, al igual que en el caso de Ignacio de Loyola o Francisco Javier, el retrato se vincula al proceso —nunca consumado— de beatificación del teólogo. Las efigies suarecianas, elaboradas con intención edificante, responden más a criterios teológicos que artísticos: buscan transmitir la verdad interior del sabio y su ejemplaridad moral. Sin embargo, Suárez nunca fue canonizado ni promovido oficialmente a los altares, circunstancia que condicionó la difusión de su imagen. El proyecto iconográfico quedó circunscrito a círculos académicos y jesuíticos, sostenido por la autoridad intelectual más que por la devoción popular.

3. Eleuterio Elorduy y la genealogía del retrato suareciano

La autora dedica un análisis fundamental a la figura de Eleuterio Elorduy, pionero en el estudio de los retratos de Suárez a mediados del siglo XX. Su catálogo, concebido en el contexto del intento de reabrir la causa de beatificación, fue el primero en documentar exhaustivamente los retratos conocidos. Si bien carece de una lectura iconográfica moderna, su valor documental es considerable. Elorduy estableció las fuentes visuales más fiables, basándose en biografías, cartas y testimonios, y relacionó las imágenes con la devoción jesuítica y la tradición de las verae effigies. Como observa S. Pablo, su propósito no fue estético, sino apologético: demostrar mediante la imagen la santidad y autoridad del Doctor Eximio.

4. Las tres efigies fundamentales

El trabajo de Recensión identifica tres momentos clave en la gestación de la iconografía suareciana:


1. El retrato de Lyon (1604), encargado en secreto por el impresor Horace Cardon, mientras Suárez viajaba a Roma. El pintor realizó la efigie sin conocimiento del jesuita; esta obra dio origen a múltiples copias grabadas que circularon por Europa.
2. La copia de Valladolid, conservada en el Colegio de San Ambrosio, vinculada al lienzo de Cardon y considerada la más verosímil. Representa a Suárez escribiendo, con la mirada dirigida al crucifijo, en un ambiente de estudio repleto de libros.
3. Los retratos idealizados del siglo XVII, donde se acentúan los rasgos ascéticos —frente despejada, rostro anguloso, mirada baja y concentrada— y se añade la inspiración mariana o cristológica como fuente de su pensamiento.


Estas imágenes conforman el núcleo visual que, según S. Pablo, definió la memoria del filósofo-teólogo en la cultura europea.

5. La inspiración divina y el modelo barroco

Los retratos de Suárez reproducen el paradigma del escritor sagrado en el estudio, inaugurado por el Greco y continuado por pintores como Alonso Cano. El jesuita aparece con la pluma suspendida, el gesto absorto y la mirada hacia el crucifijo o la Virgen, símbolos de la iluminación teológica. Este tipo iconográfico, explica S. Pablo, expresa la convicción barroca de que el conocimiento es don de gracia y que el pensamiento se nutre de la contemplación. El retrato, por tanto, no busca la fidelidad naturalista sino la transparencia espiritual: convertir el rostro del teólogo en espejo de la verdad divina.

6. Rasgos y símbolos característicos

La constante morfología de los retratos suarecianos —frente amplia, nariz aquilina, pómulos marcados, sotana y bonete jesuítico— construye un código de austeridad e inteligencia. En algunos lienzos aparece una estrella en el cielo, evocando el prodigio narrado por Sartolo: una luz celestial habría brillado sobre la casa natal del granadino en el momento de su nacimiento. Este motivo subraya el carácter providencial de su vida y lo inscribe en la tradición simbólica de los doctores iluminados.

7. Valor y proyección de la iconografía

La escasez de retratos no ha impedido que la imagen de Suárez adquiera peso emblemático. Para Susana Pablo, el estudio iconográfico es clave para comprender la recepción histórica del pensador, pues la imagen visual prolonga su autoridad intelectual en el tiempo. La tradición de la vera effigies, los grabados de Cardon y las copias de Valladolid o Salamanca, junto con reinterpretaciones modernas, conforman un patrimonio visual que vincula arte, teología e historia del pensamiento. En este sentido, la autora propone una lectura interdisciplinar que integra estética, historia e ideología, abriendo una nueva vía de estudio dentro de los estudios suarecianos contemporáneos.

8. Conclusión

La imagen de Suárez no es un simple tema iconográfico: es una cuestión de representación del saber. Suárez, teólogo y filósofo de la universalidad, se proyecta visualmente como figura de la inspiración racional y de la fe esclarecida. Su iconografía, reconstruida críticamente para el artículo La Iconografía de Francisco Suárez en la Revista Recensión, ofrece una vía privilegiada para comprender cómo la cultura hispánica elaboró, en imágenes, la identidad del pensamiento barroco.

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